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Experiencias
La Orotava
Norte

La Orotava

Uno de los cascos históricos más bonitos de Canarias, casas señoriales, balcones canarios y las famosas alfombras del Corpus.

Historia

En el corazón del norte de Tenerife se abre el Valle de La Orotava, una de las vegas más fértiles y celebradas del archipiélago, descrita por viajeros ilustrados como un paraíso de tierras volcánicas, agua abundante y el Teide presidiendo el horizonte. Antes de la conquista castellana, este territorio formaba parte del menceyato de Taoro, el más poderoso y poblado de los nueve reinos guanches en que se dividía la isla. Su nombre aborigen, "Arautava" o "Arautápala", pervive en el actual topónimo. Taoro abarcaba buena parte del valle —tierras que hoy corresponden a La Orotava, Puerto de la Cruz, Los Realejos, Santa Úrsula y los municipios de Acentejo— y de él procedían algunos de los caudillos más recordados de la resistencia indígena.

El mencey Bencomo, penúltimo soberano de Taoro, encabezó la oposición frontal al adelantado Alonso Fernández de Lugo. En mayo de 1494, las huestes guanches tendieron una emboscada al ejército castellano en el barranco de Acentejo, infligiéndole una derrota casi total en lo que se conoció como la Matanza de Acentejo. Junto a Bencomo destacó su hermano Tinguaro, hábil estratega caído en combate poco después. La superioridad de las armas, las epidemias y las sucesivas campañas inclinaron finalmente la balanza: en 1496 culminó la conquista de Tenerife y el rico territorio de Taoro fue repartido entre los conquistadores y sus colaboradores.

Sobre aquellas tierras nació el nuevo núcleo. El reparto de tierras y aguas se organizó a comienzos del siglo XVI, y el 29 de mayo de 1503 La Orotava quedó establecida como núcleo urbano. La traza de la villa tomó como eje la ermita de Nuestra Señora de la Concepción, elevada a iglesia en 1503; el regidor Diego de Mesa dispuso calles anchas y solares regulares que aún hoy ordenan el casco histórico. En 1506 se documenta su primer alcalde conocido, Alonso Pérez Navarrete, sobre una población todavía muy reducida.

La prosperidad llegó con la agricultura de exportación. La caña de azúcar abrió el primer ciclo económico, pronto relevada por la viña: los vinos del valle, y en especial la dulce malvasía, alcanzaron enorme fama en los mercados europeos —celebrada incluso en la literatura inglesa— y constituyeron la base de la riqueza local durante los siglos XVI y XVII. Aquel esplendor vinícola permitió que el 28 de noviembre de 1648 se reconociera a La Orotava la condición de villa exenta. Cuando el comercio del vino entró en crisis en el siglo XVIII, el valle se reconvirtió con nuevos cultivos: la cochinilla para tintes en el siglo XIX y, más tarde, el plátano que aún tapiza sus laderas.

La bonanza agraria cuajó en piedra y madera. Las grandes familias —los Ponte, Franchi, Monteverde, Lercaro, del Castillo y otros linajes de raíz a menudo flamenca, genovesa o portuguesa— levantaron casonas señoriales con amplios patios empedrados, columnas y balcones de tea labrada, hoy seña de identidad de la arquitectura tradicional canaria. La Casa de los Balcones es el ejemplo más célebre de ese arte. A esas casas se sumaron iglesias, conventos y ermitas que poblaron de espadañas y retablos el casco antiguo, con la barroca iglesia de la Concepción —reinaugurada en 1788— como joya mayor.

La villa fue acumulando reconocimientos. Naturalistas como Humboldt, Bory de Saint-Vincent, Webb y Berthelot quedaron prendados del valle en sus expediciones científicas. En 1906 el rey Alfonso XIII le concedió el título de Muy Noble y Leal Villa; en 1948 la iglesia de la Concepción fue declarada Monumento Histórico-Artístico Nacional; y en 1976 el conjunto del casco antiguo recibió la declaración de Conjunto Histórico-Artístico, que protege su trama de calles empinadas, plazas y caserones.

La Orotava de hoy mantiene viva esa herencia. Capital histórica del valle, conserva uno de los cascos históricos mejor preservados de Canarias y celebra cada año, en la octava del Corpus Christi, sus extraordinarias alfombras de flores en las calles y el gran tapiz de arenas volcánicas del Teide en la plaza del Ayuntamiento —tradición declarada Bien de Interés Cultural por el Gobierno de Canarias en 2007 y reconocida fiesta de Interés Turístico Nacional—. Entre jardines históricos, molinos de agua, museos y patios señoriales, la villa combina patrimonio, tradición y el sobrecogedor telón de fondo del Teide.

Lugares de interés

Casa de los Balcones

Casa de los Balcones

Joya de la arquitectura tradicional canaria, esta casona señorial del siglo XVII (su construcción se data hacia 1632) debe su nombre a los magníficos balcones de madera de tea de pino canario que recorren fachada y patio interior. La tea, dura y resistente, se trabajó en vigas, columnas y celosías sin pintura ni tratamiento alguno, conservando su belleza con el paso de los siglos. El patio, con altas columnas sobre pedestales de piedra que se afinan hacia los pisos altos, es uno de los más fotografiados del archipiélago. Hoy alberga un museo de la casa canaria y un taller-escuela de calados y bordados, oficio del que la Villa es referente. Situada en la empinada calle de San Francisco, frente a la Casa del Turista, resume el esplendor de las grandes familias del valle.

Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción

Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción

Considerada la mejor muestra de arquitectura barroca de Canarias, esta parroquia matriz se levanta sobre la primitiva ermita fundacional de finales del siglo XV. El templo actual fue reinaugurado en 1788, financiado gracias al comercio con América y a las ganancias de la exportación de vinos del valle. Su monumental fachada de cantería, de gran riqueza escultórica, y sus tres naves coronadas por una cúpula combinan lenguajes barroco, neoclásico y mudéjar. En su interior destaca el sepulcro de mármol de Carrara, labrado en Génova en 1788 para el Marqués de la Quinta Roja, así como retablos, orfebrería y tallas de gran valor. Fue declarada Monumento Histórico-Artístico Nacional en 1948 y preside la fisonomía del casco histórico.

Jardines Victoria

Jardines Victoria

Estos elegantes jardines en terrazas, también llamados del Marquesado de la Quinta Roja, fueron encargados a finales del siglo XIX por Sebastiana del Castillo, Marquesa de la Quinta Roja, al arquitecto y masón francés Adolphe Coquet, concluyéndose la obra en 1884. Se concibieron para albergar el mausoleo de su hijo Diego Ponte del Castillo, a quien la Iglesia había negado sepultura por su pertenencia a la masonería. El conjunto se despliega en siete terrazas escalonadas con fuentes y vegetación, coronadas por un templete de mármol blanco con ocho columnas corintias y la letra omega en su puerta, cargado de simbolismo masónico. Curiosamente, Diego nunca llegó a ser enterrado en el panteón. Hoy de propiedad municipal, ofrecen una de las panorámicas más bellas del valle y el Teide.

Hijuela del Botánico

Hijuela del Botánico

Pequeño y exuberante jardín botánico de unos 3.390 metros cuadrados situado tras el Ayuntamiento, en pleno casco histórico. Su origen se vincula al Jardín de Aclimatación de La Orotava (hoy Jardín Botánico del Puerto de la Cruz), del que nació como espacio complementario o "hijuela". Reúne alrededor de un centenar de especies, con notable representación de la flora canaria: un ejemplar de drago (Dracaena draco), madroño canario, cedro canario, pino canario, palmera canaria, varios loros (Laurus azorica) y bicácaro, junto a especies exóticas de gran porte como castaños de Indias. Es un remanso verde de acceso libre, ideal para descubrir la riqueza botánica del valle en un paseo tranquilo por el centro de la Villa.

Liceo de Taoro

Liceo de Taoro

Imponente edificio palaciego de comienzos del siglo XX que alberga una de las sociedades culturales más prestigiosas de Tenerife, la Sociedad Liceo de Taoro, fundada en 1873. Su arquitectura ecléctica, sus salones señoriales y su jardín delantero lo convierten en uno de los hitos del casco histórico, asomado a un mirador con vistas privilegiadas al valle y al Teide. A lo largo de su historia ha sido motor de la vida social, recreativa y cultural de la Villa: fue desde aquí donde, en 1935, su entonces presidente César Hernández Martínez impulsó la popularización festiva de la Romería de San Isidro. Hoy acoge actos culturales, exposiciones y celebraciones, manteniendo viva su vocación de centro de encuentro de la sociedad orotavense.

Molinos de agua

Molinos de agua

A lo largo de la acequia que cruza la Villa de Arriba a la Villa de Abajo llegaron a construirse hasta trece molinos de agua, que conformaron una auténtica industria del gofio, alimento básico de raíz guanche elaborado con cereales tostados. Aprovechando el fuerte desnivel del casco histórico, el agua canalizada en cubos de mampostería movía las muelas: los molinos primitivos eran de madera y, desde finales del siglo XVIII y durante el XIX, se reconstruyeron con sólidas estructuras cilíndricas escalonadas de piedra. Varios se conservan en la pintoresca calle de los Molinos, algunos todavía en funcionamiento como molinos de gofio, ofreciendo un testimonio vivo del ingenio hidráulico y de la economía tradicional del valle. El Acueducto de los Molinos está protegido como Bien de Interés Cultural.

Mapa de La Orotava

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Folclore y tradiciones

El gran emblema festivo de La Orotava es el Corpus Christi, una de las celebraciones más espectaculares de España. Durante la octava del Corpus, las calles del casco histórico se cubren de extraordinarias alfombras efímeras hechas exclusivamente con flores y elementos vegetales —pétalos, brezo tostado en distintos tonos, semillas— que dibujan complejas composiciones religiosas y geométricas por las que pasa la procesión del Santísimo. La joya mayor es el inmenso tapiz que, desde 1919, se elabora en la plaza del Ayuntamiento con arenas volcánicas del Parque Nacional del Teide: cerca de tres mil kilos de tierras en una veintena de tonos naturales reproducen escenas sacras sobre más de novecientos metros cuadrados. Esta tradición, nacida a mediados del siglo XIX cuando la familia Monteverde alfombró de flores el paso del Santísimo ante su casa, fue declarada Bien de Interés Cultural por el Gobierno de Canarias en 2007 y es fiesta de Interés Turístico Nacional.

Ligada al Corpus se celebra, el domingo siguiente, la Romería de San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza, una de las más antiguas y multitudinarias de Canarias. Tiene raíces en el siglo XVII, cuando los agricultores honraban a su patrón pidiéndole protección para las cosechas y el ganado, y desde 1892 quedó unida a la festividad del Corpus. Carretas tiradas por bueyes y engalanadas con productos del campo, panes, frutas y aperos desfilan acompañadas de parrandas, agrupaciones folclóricas y vecinos que ofrecen vino y manjares al visitante. Romeros y romeras lucen el traje tradicional canario —el de "mago" y "maga"—, con sombreros, refajos, mantas y chalecos de paño, en una de las estampas más coloridas del año. La romería está declarada fiesta de Interés Turístico Nacional desde 1980.

La cultura popular orotavense se completa con una gastronomía de hondas raíces rurales y guanches: el gofio amasado o escaldado, las papas arrugadas con mojo rojo y verde, el puchero y el rancho canario, los quesos de cabra, las carnes adobadas y los dulces de almendra y miel. Todo ello se acompaña de los célebres vinos del valle —entre ellos la histórica malvasía— y del ron miel, en un ambiente de bailes, magos, parrandas y devoción que mantiene vivas las señas de identidad de la Villa.

Fotos: Diego Delso (CC BY-SA 3.0) · Mike Peel (CC BY-SA 4.0) · Diego Delso (CC BY-SA 3.0) · Mike Peel (CC BY-SA 4.0) · Mike Peel (CC BY-SA 4.0) · rene boulay (CC BY-SA 3.0) · Oliver Abels (CC BY-SA 4.0) · Wikimedia Commons